Se cogía un lado de cabeza con la diestra, con el codo apoyado en la mesa; sus ojos estaban cerrados. La veía mal, cansada, medio enferma. Ah, claro, sus pastillas. Los busqué inmediatamente, debían estar en el cajón de la mesita de noche de mamá. Aquí están. Corrí a alcanzárselas. Toma, mami. Le acerqué una tacita con agua. Para que se te pase el dolor de cabeza, con agüita más. Se me quedo viendo, algo extrañada. Me recibió las pastillas y el agua que le ofrecía. Finalmente sonrió. No era una sonrisa de agradecimiento, sino una cargada de hilaridad, como si hubiese cometido una ocurrencia. Gracias, hijito. Me abrazó, aún riendo.Algunos años después de aquella escena, caí en cuenta de cuál era el motivo de su risa para conmigo. Ella creía que un niño –seis años en ese entonces- no podía entender una explicación acerca de para qué, realmente, servían esas pastillas. Cuando recuerdo ese momento, lo hago con cierta… vergüenza, que se convierte en cólera. Cómo pude ser tan ingenuo, tan estúpido.
Me daba curiosidad la estricta continuidad con que se tomaba una píldora diaria; creo que hasta más. Noté también que tenía varias tabletas, montones de ellas escondidas en su cómoda, muchas. Siempre, después del almuerzo, día tras día, mes tras mes, ininterrumpidos. Llegaba del colegio y la tableta, al lado de una taza, me esperaban sobre la mesa. Uno de esos días, me atreví a preguntarle. Son para el dolor de cabeza, hijito. Si me duele, me tomo uno y se me pasa. Le creí. Ahora, lamento haberlo hecho. ¿Qué tan difícil era decirme la verdad? Por miedo, vergüenza, o no sabias cómo. ¿Por qué? Son pastillas anticonceptivas, pepito, me las tomo para no tener hijos.
Algo tan simple. Sí, ese era su verdadero nombre: pastillas an-ti-con-cep-ti-vas, no ‘pastillas para el dolor de cabeza'. Debiste decirme, mami, ¿por qué no lo hiciste? Acaso temías que te iba preguntar la interrogante más ‘incomoda’ que tienen que sortear los padres, alguna vez, frente a sus hijos: ¿De dónde vienen los bebes? Nunca se me habría pasado por la cabeza hacerte pasar por un rato así -enrojecer, sudar, tartamudear, toser- tratando de que me expliques en qué consiste la reproducción humana. Además, tampoco quería que me faltases el respeto narrándome el cuento de la cigüeña que entrega paquetes o de la abeja que anda picando a las mamis inflamándoles la barriga.

Para felicidad de todos -en especial para mí- existen, ahora, diversos medios, fuentes como la televisión, la radio, los libros, de dónde se puede conseguir información acerca del tema. Yo confío, sobretodo, en estos últimos. Gracias a páginas bien ilustradas, pude conocer contenidos tachados como tabú. Aparte, me libre de tener que escucharlos pronunciar ‘genitales’, ‘pene’, ‘vagina’, ‘relaciones sexuales’…, palabras que venidas de los padres de uno, no suenan nada agradables, haciendo de la conversación muy embarazosa, para ambos.
Ahora es mi hermano menor quien me aborda con sus inquietudes sobre sexualidad. Para no confundirlo, por la complejidad y delicadeza de la cuestión y para que tenga un amplio panorama, puse a su disposición los libros y folletos que a mí me ayudaron. Espero que sean suficientes para despejar sus dudas y se forme un buen y correcto concepto del sexo. Pero hay cosas que siempre se pasan y términos que son necesarios aclararle. A veces me agarra de improviso, mientras miramos la tele o en medio de una partida de casinos: “Hermano: ¿qué es orgasmo?, ¿qué es masturbación?, ¿qué es bisexual?, ¿qué es excitación?, ¿qué es…?”. La cosa es mantener la calma y ordenar bien las ideas. No cometeré los mismos errores de mis pas’. A ver, hmm…Pues, orgasmo es…
Iósiv Bado
Imagen: LOWON.





En mi cuarto, desde muy niño, guardo bajo llave todas las posesiones más preciadas que, a lo largo de mis cortos años, he logrado recolectar y librar de las intenciones destructivas, y muchas de ellas pirómanas, que mi madre tenía para ellas. Se trata de una cómoda de madera, barnizada de amarillo, aunque no muy bonita, me gusta mucho. Está dividida en dos secciones: la mitad del lado izquierdo compuesto de tres gavetas destinadas para el depósito de ropa -que siempre ha estado escaso de indumentaria- y el derecho que contaba con un pequeño espacio dividido a su vez en dos pisos, protegida por la puertita respectiva. Esta portilla contaba con un elemento especial que le daba el toque de importante para mí y mis intenciones particulares: una chapa y su llave que limitaban, en ambas en comunión, el acceso de manos foráneas a su singular y codiciado interior. Desde su compra, y una vez que se instalaron el mueble en mi habitación, me apoderé rápidamente de sus llaves. La sarta constaba de tres pequeñas llaves, de las cuales desaparecí dos -creo que una la tiré a la casa del vecino y la otra la enterré, no recuerdo bien- y me quedé con la última, lo até a una pequeña cuerda que corté del tejido de mi mamá, y desde entonces se quedó colgando de mi cuello. Era tanto el recelo con la que la cuidaba que solo me la quitaba para dormir, aunque habían noches en las que me olvidaba sacármela, cosa que al día siguiente mi pecho lo lamentaba bastante; los dolorosos moretones, que dejaba el pedazo de metal al oprimirse contra mi piel, no dejaban de hacerme recuerdo de no volver a cometer el mismo error. Ya en posesión de él, empecé a llenarlo. Todas las cositas que se hallaban en la clandestinidad, lejos del conocimiento de los demás, salieron de sus escondrijos para ocupar una nueva y más decente morada. Así pues, anteriormente, utilicé sitios que resultasen lo menos asequibles para manos que no fuesen las mías. Por ejemplo, encima de un viejo ropero que nadie utilizaba, tan polvoriento e infestado de arañas, que mi mamá, por su fobia a los insectos, nunca osaría asomarse. Las paredes también ayudaron; como eran de adobe, las agujereé con un desarmador -un espacio del tamaño de una taza-, las cubrí con figuras y láminas y resultaron buenas guaridas. Demás sitios se prestaron para este fin: el techo del gallinero, los maseteros, etc. Nada era suficiente para su resguardo. Para evitar que sufrieran algún daño, debido a los lugares nada cómodos donde se ocultaban, los envolví con papel periódico y cartón, y por último, con los forros de cuadernos pasados. De debajo de la cama saqué unos librillos que ingresé de contrabando a casa. Novelillas, cuentitos que, a falta de artefactos audiovisuales, me proveyeron de entretenimiento y relajación. Tuve que ocultarlos porque mi padre consideraba, todo aquello que no tenga carácter científico, como subliteratura, de modo que Verne, Stevenson, Tolkien, Rowling y Lewis consiguieron salir de ese lugar tan apretujado. Mis otras pertenecías también se mudaron. Mis canicas pasaron a una botella de yogur; los cards – la mayoría de Dragon Ball- que con tanto afán y esfuerzo coleccionaba, a una cajita de focos. Desde que hicieron su aparición los taps, primero los de cartón y luego ya de plástico, era muy diestro para este juego, por esto es que tuve que buscar tres latas grandes de Anchor vacías para guardarlas todas; cordeles, trompos, juguetes pequeños, etc. 
Qué le vamos hacer. Me metí solo en esto y de la misma forma debo salir. Solo espero que no me lo aviente por la cara cuando se lo dé. ¿Cosméticos? No. pensaría que la estoy tildando de fea. ¿Peluches? Tampoco. Son generadores de malentendidos; no puedo cometer el mismo error dos veces. ¿Joyas? Pucha, estoy misio. Mis bolcillos están más vacíos que la cabeza de Susy Díaz. ¡Ahhh! Regalo es regalo. Se lo entregaré y saldré volando antes que se desquite conmigo. Los abrazos y los buenos deseos debieron ser suficientes. Regalos, amigo secreto. ¡¿Quién fue el mal nacido que inventó todo esto?!
