Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaria escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo. SALVADOR ELIZONDO, El Grafógrafo.

martes, 9 de febrero de 2010

Oído eterno a la música.



Luego de casi haberme dormido en clase, llego a casa con ganas de echarme a mis anchas sobre la cama. Mis pasos se muestran lerdos, los zapatos no hacen más que arrastrarse aburridos. El único estímulo que me alienta a continuar son un cuarto tibio, una taza de café caliente, una silla esponjosa y cómoda, y, el remedio para la fatiga: la voz risueña del Veco dejando escapar una porción de chistes. Las clases terminaban tarde y llegaba sólo para oír el final de su programa. En el Show del Veco: La hora del recreo, presentaba el relator de noticias. Los chistes, aunque malos o buenos, trataban de provocarte risa, incluso haciéndote cosquillas en las axilas para arrancarte la más ligera sonrisita. Los de Brutolandia, los machistas, de suegras, eran los mejores. Eran… Esta noche no sé… no será igual.

La facilidad con que conseguía comunicación con periodistas internacionales para pedir sus cometarios, era increíble; pareciera como si se conociera con todo profesional renombrado que conociera de deporte. Era un verdadero honor para quien escuchase su voz saliendo del programa de don Emilio. Se conocía los deportes al derecho y al revés, todos, no sólo el fútbol. Tampoco se limitaba sólo a comunicar resultados deportivos; los comentaba, interpretaba y predecía, y vaya forma poética de hacerlo. Cada palabra al aire era literatura. Recitaba definiciones, explicaciones, y si así hablaba, no me imagino cómo será su pluma. Todo un bate.
Como todo gran hombre, dejó huella por donde pasó. Respetado, querido y admirado por sus colegas, dentro y fuera del país. Lo copioso de sus conocimientos fue disperso por la patria para el deleite de los amantes del deporte.

Aunque oriundo de los lares charrúas, se afilió peruano. Supo sentirse rojo y blanco hasta por encima que cualquiera de los nacidos en esta tierra. Mientras otros desean huir del país, él optó por quedarse y hacerse peruano y, porque no decirlo, morir peruano.

Sé que para él no vale de nada lo que ahora se habla de su persona, en cambio para nosotros todas sus palabras quedaran presentes en la mente de quieres disfrutamos de su palabra.
Oído a la música, señor Veco.

"Es definitivo, yo ya no me voy, incluso ya tengo reservada cama en el "Parque del Recuerdo" de Lurín, donde está enterrada mi señora, ahí está Lolo Fernández, está Toto Terry, Juan Joya, así que de noche vamos a conversar largo y tendido, más tendidos que nunca (risas)" . "El Veco"


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Imagen: RPP.

El silencio de las vírgenes.


Nunca se me pasó por la cabeza llorar frente una pared, ni mucho menos dedicarle una plegaria. De solo escucharlo, escribirlo en este caso, me parece algo irracional. La pared de mi cuarto, por ejemplo, esta forrada con láminas de cuerpos desnudos -son de anatomía, no se confundan- , poster de mis juegos de video favoritos, los dibujos de la televisión y uno que otro pedazo cartulina del colegio. Trato que la pintura -rosada- del fondo se vea lo menos posible, pegando cualquier afiche colorido que encuentre. Pero, a pesar de todo lo adherido en su superficie, no noto que tenga nada en especial, nada tan especial que haga que me postre frente a ella.

No llevo fotografías de mis familiares en la billetera. No sé, simplemente no simpatizo con la idea. Que sus rostros estén rozando con la cara del aviador Quiñones o con el mío no me es grato. Tampoco tengo sus caras enmarcadas mirándome desde el escritorio ni de los muros. He oído de gente que conversa con esas fotografías: las saludas cuando llega de la calle, mientras cocina o, en momentos de angustia, llora junto a ellos. No discuto si ese actuar será normal o no. No es que no quiera a mi familia, al contrario, si no fuera por ellos yo no estaría aquí. Solo que no me parece necesario tener que verlos, el hacerme una representación física de ellos para tener la certeza de que los tengo a mi lado. Con mantenerlo en mi memoria y en mi corazón me es suficiente.

Supongo que las estatuas que descansan sobre los altares de las catedrales deben estar hechas con insumos de albañilería, al igual que las paredes de las casas. Son imágenes santas, me dicen, como fotografías divinas. Yo aplico la misma analogía.
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Imagen: LOWON.

martes, 2 de febrero de 2010

Temática literaria


“(...) es verdad que en todos esos casos (La ciudad y los perros y La tía Julia y el escribidor) he usado mucho mi experiencia personal. Creo que todos los novelistas usan su experiencia, su memoria, como materia prima para la imaginación. Pero también creo que la memoria solo puede ser un punto de partida porque, si uno tiene libertad para manipular el recuerdo con entera libertad, transformándolo en algo distinto, entonces no hace literatura; hace un documento muy personal, intimo, que puede tener interés como documento, pero no es una obra de creación. La literatura consiste en crear un mundo independiente del creador, capaz de parecer autosuficiente, de romper completamente ese cordón umbilical con quien lo creó.

De repente te encuentras con un tema tan estimulante que te empuja a hacer algo que nunca pensaste hacer (…). Es tan bonito encontrar de pronto algo que te estimula mucho (…). Eso demuestra que uno no elige sus temas con toda serenidad. En cierta forma los temas lo eligen a uno. De pronto, un tema tiene que ver con cosas íntimas que te remueven. No parece que fuera un acto totalmente racional. Es como enamorarse. Uno no se enamora por razones sino por pasiones, sentimientos y emociones; eso pasa con los temas (que uno elige para escribir): de pronto estimulan, excitan, apasionan y, prácticamente, uno no puede escapar de la invitación.”

Mario Vargas Llosa (Escritor).



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lunes, 25 de enero de 2010

Reivindícate.



-Ramiro Huamán.

Es tu turno, amigo. Era mi turno. Sentía las miradas de mis compañeros golpeándome la nuca. Todas me apuntaban, pendientes de mí. ¿Qué debía hacer? ¿Qué vas hacer, amigo?

Para hoy estaba programado la entrega de los fólderes; ya se acababa el trimestre. Los exámenes -parcial y trimestral- conformaban la mayor parte de la nota final, y el revisa de carpetas de trabajo sólo servía para conseguir algunos puntitos extra. Pero, si es inglés nomás, ¿por qué te preocupas?, ya estas aprobado, manda a rodar a esa vieja. Igual, puntos son puntos, no quiero bajar mi promedio. Qué amarillo que eres ah. Si pues, ese era yo: el chanconcito, el cumplidito, el amarillo. A veces me reventaba ser considerado así. Pero si es lo que eres. No me gusta pues. Quisiera, por siquiera un vez, ser como los demás, ser normal. Ahora es una buena oportunidad, no presentes tu folder. Estás loco, si me quedé ayer hasta tarde tratando de que esté lo más presentable posible, subrayando los títulos, resaltando frases importantes, coloreando los dib… Por fin, ¿quieres seguir siendo un maldito amarillo?, bueno, pues, es ahora o nunca, ya estás terminando, cómo quieres te recuerden los demás ¿así?, muéstrate como parte de la clase, que oportunidad como ésta para reivindicarte con tus compañeros. Eres el único que va presentar.

Los primeros seis de la lista ya habían sido llamados y echados del aula. Nadie había presentado. La profesora, harta por la continua irresponsabilidad de la sección –a excepción de unos pocos- durante todo el año, ordenó que los que no habían cumplido salieran al patio y esperaran al auxiliar –“A ver si así se corrigen, malcriados”- para el respectivo castigo. Yo era el sétimo. Miré a mi derecha y noté que Juan escribía apresuradamente. Me falta la última tarea, me susurró sin levantar la vista de su trabajo, le prestado al Gringo desde el lunes y el puto recién me lo trae hoy. Sí, era el único. Haz historia, tú puedes, vamos, graba este día en las paredes del recuerdo de la promoción, y tu nombre estará firmado debajo. Es que tenemos que elegir entre lo que es fácil y lo q… Ya me tienes hasta el pito con ese refrán, sólo te estoy diciendo que lo hagas por esta vez, ¿es tan difícil? , después puedes continuar con tu manía de ser un estudiosito de mierda, ah, ya me llegaste ya, haz lo que quieras, a mí que chucha me importa.

-Presente.

No, no podía hacerlo. Cogí el folder, me levanté de mi lugar y me dirigí al frente. Avancé despacio, sin mirar a nadie, con el folder fuertemente apretado, rígido bajo el brazo. Llegué a la primera fila.

-Me lo das el lunes, me debes luca. Le entregué el folder a López, que se sentaba primero en mi columna. Torcí a la derecha. El pupitre de la profesora está a la izquierda, oe, a dónde vas, no me digas que. Hacia la puerta. Me salí. El aire que había estado aguando durante todo el camino se impaciente con fuerza con suspiro. Lo había hecho, y me sentía… bien…creo. Una gran emoción hinchaba mi pecho, era un sentimiento que sabía a una adrenalina jamás experimentada. No sentía remordimiento, ni angustia, al contrario, estaba orgulloso de mí mismo. Lo ves, te lo dije, ahora, goza este momento. Un gran bullicio de había desatado tras mío. Un gran alboroto que provenía del aula. Me volví. Los que todavía quedaban dentro, vitoreaban con ganas, chiflaban con fuerza, aplaudían, chancaban las carpetas. Se disponían a abandonar el aula, todos de golpe. Sabían que podía ser el único que llenara el cuadrito de ‘Presentación de Folder’ en el registro de notas, así es que sólo aguardaban mi reacción. Y cuando vieron que me iba, no necesitaron que la profesora los continuara llamando. Para qué perder el tiempo, mejor salirse de una vez. “Buena, Ramiro. Recibía palmaditas en el hombro y en la espalda. Te luciste, tú todavía.” Los saludos aumentaron aún más mi satisfacción. Ah... Me sentí complacido, feliz por mi hazaña rebelde; la primera que cometía en todos mis años de estudiante. Si pues, ahora, a pagar el precio.

Nos quedamos saltando en cuclillas hasta el cambio de hora, cada uno con su carpeta sobre sus hombros.

-Pobre que se les caiga, empiezan de nuevo. ¡Vamos cincuentaa!

Fue muy doloroso, y gracioso a la vez. Nada funcionaba contra nosotros. Nos reíamos del innovador castigo que se nos aplicaba. El auxiliar, estoy seguro, debía haberlo inventado especialmente para nosotros. Pero, al final, no se me quitó la alegría de estar padeciendo al lado de mis compañeros. Así somos, así seremos. ¿Quiénes? Pues, los jodidos del Quinto ‘J’.

-¿Ah, no quieren? ¡Vamos setentaa!

-¡VAMOS!

Ouch, la espalda…


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Imagen: LOWON.

martes, 5 de enero de 2010

Erario Infantil

Nunca confié en nadie. Siempre presentaba una mirada recelosa a modo de saludo contra todos los que me rodean, y de esto tampoco se escaparon mis padres. Debo confesar que hasta ahora -aunque les suene a blasfemia- no me fio de ellos. Mi sentido de reserva con respecto a mis cosas no consideraba cuestiones filiales. Que ¿mi nombre? No te lo diré, no confío en ti.

En mi cuarto, desde muy niño, guardo bajo llave todas las posesiones más preciadas que, a lo largo de mis cortos años, he logrado recolectar y librar de las intenciones destructivas, y muchas de ellas pirómanas, que mi madre tenía para ellas. Se trata de una cómoda de madera, barnizada de amarillo, aunque no muy bonita, me gusta mucho. Está dividida en dos secciones: la mitad del lado izquierdo compuesto de tres gavetas destinadas para el depósito de ropa -que siempre ha estado escaso de indumentaria- y el derecho que contaba con un pequeño espacio dividido a su vez en dos pisos, protegida por la puertita respectiva. Esta portilla contaba con un elemento especial que le daba el toque de importante para mí y mis intenciones particulares: una chapa y su llave que limitaban, en ambas en comunión, el acceso de manos foráneas a su singular y codiciado interior. Desde su compra, y una vez que se instalaron el mueble en mi habitación, me apoderé rápidamente de sus llaves. La sarta constaba de tres pequeñas llaves, de las cuales desaparecí dos -creo que una la tiré a la casa del vecino y la otra la enterré, no recuerdo bien- y me quedé con la última, lo até a una pequeña cuerda que corté del tejido de mi mamá, y desde entonces se quedó colgando de mi cuello. Era tanto el recelo con la que la cuidaba que solo me la quitaba para dormir, aunque habían noches en las que me olvidaba sacármela, cosa que al día siguiente mi pecho lo lamentaba bastante; los dolorosos moretones, que dejaba el pedazo de metal al oprimirse contra mi piel, no dejaban de hacerme recuerdo de no volver a cometer el mismo error. Ya en posesión de él, empecé a llenarlo. Todas las cositas que se hallaban en la clandestinidad, lejos del conocimiento de los demás, salieron de sus escondrijos para ocupar una nueva y más decente morada. Así pues, anteriormente, utilicé sitios que resultasen lo menos asequibles para manos que no fuesen las mías. Por ejemplo, encima de un viejo ropero que nadie utilizaba, tan polvoriento e infestado de arañas, que mi mamá, por su fobia a los insectos, nunca osaría asomarse. Las paredes también ayudaron; como eran de adobe, las agujereé con un desarmador -un espacio del tamaño de una taza-, las cubrí con figuras y láminas y resultaron buenas guaridas. Demás sitios se prestaron para este fin: el techo del gallinero, los maseteros, etc. Nada era suficiente para su resguardo. Para evitar que sufrieran algún daño, debido a los lugares nada cómodos donde se ocultaban, los envolví con papel periódico y cartón, y por último, con los forros de cuadernos pasados. De debajo de la cama saqué unos librillos que ingresé de contrabando a casa. Novelillas, cuentitos que, a falta de artefactos audiovisuales, me proveyeron de entretenimiento y relajación. Tuve que ocultarlos porque mi padre consideraba, todo aquello que no tenga carácter científico, como subliteratura, de modo que Verne, Stevenson, Tolkien, Rowling y Lewis consiguieron salir de ese lugar tan apretujado. Mis otras pertenecías también se mudaron. Mis canicas pasaron a una botella de yogur; los cards – la mayoría de Dragon Ball- que con tanto afán y esfuerzo coleccionaba, a una cajita de focos. Desde que hicieron su aparición los taps, primero los de cartón y luego ya de plástico, era muy diestro para este juego, por esto es que tuve que buscar tres latas grandes de Anchor vacías para guardarlas todas; cordeles, trompos, juguetes pequeños, etc.
Se entabló una relación de complicidad entre mi cofre y yo. A su leal resguardo encomendaba mis tesoros, reliquias, ganancias, y como no, también mis secretos. Pasaba largas horas jugando con su contenido, era un universo, uno que me pertenecía solo a mí y del cual poseía un derecho personalísimo, único, que ejercía con el poder de mi llave. Era a la vez los hermanos, los amigos que no tenía, y que tampoco necesitaba. Gracias a él no me sentía solo, siempre estaba a mi lado. Cubría con su encanto las largas ausencias que mis padres dejaban conmigo. Con el solo girar del cerrojo, me separaba del monótono blanco y negro de la vida, de mi vida. Viajaba por parajes desconocidos para jugar una partidas de casinos mi oso de trapo; a mares dulces, donde se libraban feroces batallas entre dinosaurios, soldados e indios; por grandes desiertos con canicas multicolores que se paseaban bajo el sol; carreteras con profundos precipicios por donde solo un valiente camioncito de atrevía pasar en medio de una tremenda tormenta; o a veces, simplemente vacíos. Un inmenso, cómodo y cálido vacío donde nada ni nadie existía más que yo. Libertades infinitas tapizadas con almohadas perfumadas; la nada me abría sus brazos, dándome la bienvenida y yo acudía presto a cobijarme bajo ella. En mi mundo, el tiempo andaba a la velocidad que quisiese, rápido o lento, a disposición de mis caprichos o estados de ánimo. Los minutos, los días y los años, todo siempre igual, no tienen objeto ni razón para mí. Solo pensar en lo que me estoy perdiendo, hace que presuroso me dirija a mi casa. No puedo aguantar más ¡Allá voy! Emocionado como estaba, subí las escaleras a toda prisa. Entré a mi habitación jadeante. Una visión horrenda me detuvo en seco. La puertilla estaba abierta de par en par. Me acerqué a ella…Lágrimas silenciosas discurrieron por mi cara. Estaba vacía.


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jueves, 24 de diciembre de 2009

Fiascos regalones

Cuánta razón tenías, señor Freud. Tanta puede ser su complejidad, la ‘especial’ naturaleza, tan… tan complicadas que te pueden llevar a un coágulo cerebral. Continúa carcomiendo mi pensamiento tus palabras. Tú, en tu vasto conocimiento del tema, llegaste a una conclusión que, con la situación en la que me encuentro, la adopto como la más genuina de las verdades.

Creo que, desde el principio, no debí meterme en estas cosas. Comprometerse sobre asuntos que uno desconoce son avientos muy atrevidos y aventuras poco sensatas. Echando a perder se aprende, dicen; pero en estas lides, solo basta la más mínima equivocación en la primera oportunidad para que pases a mejor vida. No es que esté siendo exagerado, o tal vez sí; es que la circunstancia lo amerita. No es fácil darle en el clavo, en la yema del gusto. Duda tras duda me zarandea tanto que, al final, termino nuevamente en el principio, en nada. Me parece que depende mucho del momento que están pasando, eso tiene mucha relevancia en sus estados de ánimo -ya me fregué, esto es para fines de mes-.

No es que sea la primera vez, ya hubo otras anteriores. La diferencia está en que antes la cosa fue entre varones. Entonces, fue más fácil. Entre nosotros no podemos fallarnos, nos conocemos, sabemos con qué estamos tratando y cómo darnos satisfacción. Aunque, para ser sincero, se siente extraño, como incomodo. El dar y el recibir, los abrazos en sí, se sienten raros. El contenido que ellos conllevan, me parece, que es lo transforma el detalle. Pero luego esa fastidiosa sensación se disipa al descubrir la ofrenda que tienes delante de ti. Una grata sorpresa y un momento feliz están asegurados. Pero tampoco puedo decir que lo encuentros mixtos fueran malos. Existen damas que, pareciese, se olvidan por un momento de su pensamiento femenil y adoptan uno masculino. Se ponen en nuestros zapatos, atinando en lo que más nos gusta. Al igual que nosotros, para ellas, también, no debe simple. Sin embargo, las hay, como yo, que sufrimos al tratar de deleitar al otro. Ya en pasadas ocasiones quedé como un saco de combustible orgánico cuando se lo entregué. Vi como su rostro trataba con todas sus fuerzas de aparentar agrado, forzaba a que sus labios sonrieran aunque ellas se negaran profundamente. Otras no me dijeron palabra, solo me acribillaron a quemarropa con una miradas tan odiosas que harían llorar a cualquiera. Mientras más bonitas más rencorosas. Luna fue la más directa en sus expresiones: “Que asco”, murmuró delante de mí. Vaya chica; no la he vuelto a ver. Son tan distintas unas de otras. Creemos conocerlas bien pero siempre hay facetas, caracteres, placeres que ignoramos. No las conocemos a ninguna ¿Quién puede ser capaz, tan valiente de decirse que es un total conocedor del pensamiento femenino? ¿Acaso existe ese ser? Lo dudo realmente.
Qué le vamos hacer. Me metí solo en esto y de la misma forma debo salir. Solo espero que no me lo aviente por la cara cuando se lo dé. ¿Cosméticos? No. pensaría que la estoy tildando de fea. ¿Peluches? Tampoco. Son generadores de malentendidos; no puedo cometer el mismo error dos veces. ¿Joyas? Pucha, estoy misio. Mis bolcillos están más vacíos que la cabeza de Susy Díaz. ¡Ahhh! Regalo es regalo. Se lo entregaré y saldré volando antes que se desquite conmigo. Los abrazos y los buenos deseos debieron ser suficientes. Regalos, amigo secreto. ¡¿Quién fue el mal nacido que inventó todo esto?!

. . .

No estuvo tan mal. Solo un puñete, estoy mejorando.

Iósiv Bado
Imagen: Hectitor.

Nota 1: !!Que tengan unas Felices Fiestas!!
Nota 2: Me gustan los libros (novelas). Por si acaso.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Who are?


¿Quién eres? Ah, ¿Quién yo? Sí, ¿Quién eres? Ja, ja, ja, no amig@. Si sigues haciendo mal la pregunta no te la voy a poder responder. A ver, a ver, primero, tranquilízate, piensa bien, ¿ya? Ahora formúlala de nuevo. Em… ¿Quien es usted? No, mano, no. ¿Acaso estoy solo? El que no los puedas ver no quiere decir que no estén, ¿Qué no los sientes? El ruido que hacen al respirar, el olor característico que cada uno despide, el humor que ostentan. Bueno…entonces ¿Quiénes son? Carajo, no pues, pucha, mejor te doy una manito con tu interrogante, ¿esta bien? La pregunta es simple: Ejem, ¿quiénes eres tú? ¿Entiendes? ¿No, nada, nadita? Ay. Si yo te pregunto ¿Quién es usted? Seguro me responderá algo así como ‘Juan Pérez’. ¿No sientes algo de vergüenza de ser, simplemente ‘Juan Pérez’? ¿Ser sólo eso? Pero ojo, no te confundas, no me estoy burlando de tu nombre, eso nunca.

A donde quiero llegar es el porqué de querer mantenernos en una incipiente unidad personal que no hace más que brindarnos una tenue y paupérrima vida. No te aferres a una existencia monosemántica, mi amigo, en donde se sigue un libreto que se eligió desde el principio y te limitas a repetirla una y otra vez, de memoria. ¿Eso no te cansa, no te aburre, no te desespera? Desempeñando el mismo papel, en cada escena, toda la vida, noche y día, viviendo casi mecánicamente.

Como una idea, tenemos al señor Jung que nos hablaba de la ‘persona’ que la consideraba como una parte diferenciada de la personalidad, que consiste en lo que aparentamos frente a los demás, en oposición a lo que en realidad somos. O sea que, lo que llama ‘persona’ es el rol que los individuos eligen representar en la vida, la impresión global que desean transmitir de sí mismos en el mundo social exterior. Yo no me refiero, exactamente, a esta explicación psicoanalítica. Puede que parezca que lo que les digo sea la misma afirmación que realiza el señor Jung –a mi punto de vista verdadera- pero no es así, amig@. Él habla de una dualidad personal frente a nuestros semejantes, la división de la persona en dos, una interna, los que somos en realidad, y otra externa, la que fingimos ser.


Lo que a mí me interesa es sólo lo interno, nuestro verdadero yo. Eso es lo que debemos desdoblar; pero no solo en dos, sino en varias, y mientras más sean, mucho mejor. El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde es una buena referencia, pero no a su manera, con químicos y toda esa vaina, sino concientemente. El doctor Jeckyll realizó su transformación para cambiar su mentalidad, y a partir de ahí se reflejó a los otros. Lo hizo por él, para sentirse bien consigo mismo, no para figurar.

Y nosotros, ¿por qué no ir más allá? No debemos conformarnos sólo con ser dos personas, como el doctor; enriquezcámonos siendo cuantas queramos, cuantas deseamos. Abramos nuestras mentes para pensar, sentir y actuar con un variopinto de personalidades diversas, y hasta desconocidas para uno mismo. Ampliemos fronteras, conquistemos terrenos, plantemos bandera en sensaciones no experimentadas; enraicemos sobrepasando la maseta que nos detiene, absorbamos nuevas enzimas, desarrollando, de esta manera, facetas que hagan de nuestra vida una existencia más interesante y agradable.

Pucha, ya me estaba olvidando de absolver la interrogante que me propusiste, que por cierto, tuve que corregirla para responderte de manera satisfactoria y que exprese con aires sencillos el concepto de mí. Espero que cubra las expectativas de tu pregunta, y por qué no, también las mías, porque sabes, ¿quién tiene bien claro lo que uno mismo es? Pero pasemos a contestar.
¿Quiénes 'soy' yo? Pues…


Iósiv Bado
Imagen: LOWON

lunes, 7 de diciembre de 2009

Quedamos dos.


Hoy soy la sombra de un recuerdo que tuvimos,
el zapato viejo que arrojaste al vacío.
Me abandonaste sin regalarme los motivos,
con niño en brazos me quedé solo y confundido.


No era su padre, eso lo supe desde el principio;
aun eso lo tuve y lo firmé con mi apellido.
Ahora te marchas. Anda, búscate otro marido.
Maldito el día en que la doña te ha parido.


Tiene tus ojos, sus cabellos se parecen los míos
jugamos juntos y a carcajadas nos reímos.
Me dice: “papi, tú eres mi mejor amigo”,
y por la noches con la tele prendida nos dormimos.


Te agradezco por, de la casa, haberte ido,
por librarme de una vida insípida contigo;
de tener que aguantar las críticas de tus hermanas y tíos,
y peor todavía, de tus viejos, que me tildaban de vago y mantenido.


Formé mi propio hogar al lado de este hijo.
Está creciendo bien rápido, tiene seis años cumplidos,
está por terminar el primer grado y ya lee de corrido.
No tiene muchos amigos por su calidad de introvertido,
“Eso no importa papito, porque te tengo conmigo…”

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, PA!
Gracias por estar ahí...


7.
Imagen: LOWON

martes, 17 de noviembre de 2009

Véndela, te la compro.

No sé si la habrán escuchado, yo creo que sí. Es una canción al ritmo de merengue, ese género tan pegajoso que estimula las piernas, las caderas, en fin, todo el cuerpo. Pero, ¿alguna vez nos detuvimos a oír con atención el contenido, el mensaje que encierra en sus letras? Ahora los movimientos que nos provocará serán internos.

“Te compro tu novia”, sí, así se titula la susodicha canción, que más que eso -estoy casi seguro y perdón si me equivoco- que es el verdadero sentimiento masculino, lo que se lleva por dentro, aunque se quiera negar, ¿por qué?, pues, para evitar ser etiquetado con el degradante título de machista. Creo que es natural el desear que una mujer contenga la mayor cantidad de virtudes, de esta manera, se adecué a la que tenemos idealizada, a nuestro “tipo de mujer” (pero no es para que pongan esas miradas).

Bueno para despejar dudas, pasaré a desenvolver parte por parte las estrofas, o lo que se llamen, de ésta tonadilla.

Te compro tu novia, pues tú me has dicho como es ella y me gustó la información. Entre nosotros es común (como seguro lo debe ser también entre ellas) el intercambiar información, opiniones, gustos, críticas, etc., acerca de las cualidades y caracteres de las personas del otro sexo. Como Johnny suele decir: “La información nos da poder”. Y sí que nos atrae la idea de saber cosas ajenas, debe ser por eso que tienen tanta acogida los diarios “chicha” en nuestra sociedad. Volviendo a nuestro tema, el conocer un poco más de aquella persona que nos llama la atención despierta todos nuestros sentidos y al estar tan entusiasmado, escuchamos lo que queremos oír, y volviendo la mirada a la nada, acompañada de un discreto suspiro, pensamos que hemos encontrado lo que buscábamos.

Ahora ¿que sigue?, ah sí. Me has dicho que es linda y apasionada. Claro, todo entra por los ojos, y en especial en la adolescencia. Se realiza un examen íntegro, tanto por adelante como por detrás… ajá, todo bien puesto y en su lugar. Son requerimientos que se deben cumplir para que la mujer en cuestión se adecue a nuestras fantasías. O me equivoco, mi querido Rafa. Y por supuesto, las damas sabiendo estas exigencias masculinas, están dispuestas para que nuestra vista se dé por bien complacida. También, no olvidemos que desborde cariño y constantes apapachos son siempre bien recibidos. Comodidad total.

…Es buena y adinerada. Buena... Fuera de las cuestiones externas, es eso lo que se busca en el fondo, lo que se quiere en realidad. Y, si de paso viene incluida con el monedero bien cargado, mejor aún. Como manifestaba un docente: “lo que se quiere es una mujer hacendosa, porque tiene muchas haciendas; carriñosa, por poseer varios autos y casera, porque ha de ser propietaria de numerosos inmuebles”.

No cela nunca por nada. Lógico. Muy importante e indispensable. Una víctima de esto –mi primo- con una expresión de terror en su rostro me solía decir “No hay nada peor que los celos femeninos”. Mejor lo dejo ahí, prefiero no ahondar en el tema.

…Y sabe hacerlo todo en la casa. Tocar este fragmento sí que es delicado, por lo que trataré de ser lo más sutil posible. Una mujer que tenga un Doctorado en Ciencias Culinarias y Quehaceres Domésticos siempre es bien visto y está presente en las expectativas de la mayoría, por no decir de todos. Pero, ojo, eso no quiere decir que andemos en busca de una empleada para que nos atienda en todo lo que le deseemos. No, no, no. Es simplemente que…este…, sería preferible que tratemos esta cuestión en otra ocasión.

Continuemos. No sale ni a la esquina. Bueno, entonces que salgan un ratito noma, pero sólo para abrir la puerta, mentira. Está bien eso de que se alejen de sus labores y se den un pequeño paseo para relajarse como cualquiera, es normal. Lo malo está en el tiempo que demoran para volver. He ahí la desconfianza y la preferencia de que permanezcan en casa donde las podamos ver. …no habla con la vecina. Es un rasgo -y me arriesgo a decirlo- general en las féminas el hecho de estar detrás del chisme. No es para que se molesten, (a las señoritas) pero si se sienten aludidas sólo estarían confirmando lo que digo. ¿Una prueba? Porque no, haber díganme, ¿de qué sexo conformaban el público de los programas de la señora Laura Bozo? Y seguro también que los televidentes eran todas televidentas. Ahhhhhh…

No gasta y economiza. Aquí otra de las manías propia de ellas: el comprar y comprar sin medidas. Y lo peor de todo es que tienen especial predilección por los objetos brillantes, y mientras más cifras tenga su valor, mejor para ellas. Para explicarlo mejor se me viene a la mente aquella frase de C. Defresny que decía La Mujer bella es el paraíso de los ojos, infierno del alma y purgatorio de los bolsillos. Ahí les va otra: Un hombre exitoso es aquel que hace más dinero que el que su esposa puede gastar. Una mujer exitosa es aquella que encuentra a ese hombre.

Uf!- Por último,...todo lo resuelve tranquila. Tranquilidad, eso es lo que se busca con una relación, una buena relación. Pero uno se puede encontrar con cada mujer loca e histérica que se hace un mundo con cada problema. Me aguantaré de mencionar nombres, no quiero más problemas.

Y Ud. señorita, ¿cuántos de estos enunciados cree que cumple? Y tú qué, amigo, ¿cuánto estarías dispuesto a pagar por una mujer con estas características? Bueno, primero tendrás que encontrarla, y no te auguro mucha suerte.




Lp7

Post re-editado.
Imágenes: LOWON.


jueves, 12 de noviembre de 2009

Moriré y… y nada más.


Como dijo el gran Héctor Lavoe: ‘Todo tiene su final, nada dura para siempre. Tenemos que recordar que no existe eternidad’. Cuánta razón; y la vida, en especial ella, no se escapa de esta regla. Por eso, es mejor que me adelante a su venida; tengo que dejar en orden, con respecto a mí, lo más posible.

Siempre tuve mis propios conceptos con respecto a la muerte en todas sus facetas, o sea, el -no sé si la denominación será correcta- inter mortem. En vida, miro con malos ojos, casi de burla, los rituales que tenían las personas para con sus muertos. Esta ‘necrolatría’, en especial en nuestra cultura andina, hacía que creara una barrera que me alejara de idiosincrasia a mi alrededor, inclusive, avergonzarme de ella. Costumbres distorsionadas y confusas por tratar de encontrar concordia entre lo pagano y lo impuesto por la Iglesia Católica que, combinadas, conformaban una mezcla nada armoniosa. Sin embargo, mantengo el respeto por sus actividades y por quienes las practican; estamos en un país libre y cada quien puede pensar como quiera. Es por eso que debo dejar bien en claro cuál es mi posición cuando me toque ser objeto de esas ceremonias. Los muertos también tienen derechos, por decirlo de algún modo, y concurriría un insulto grave para mi memoria que mis principios y en lo que he creído siempre sean pisoteados cuando pongan en acción sus creencias en el tratamiento de los cadáveres cuando se ocupen de mi cadáver, o lo que quede de mí.

Cuando mi cuerpo esté todo rígido, frío y comience a despedir olores nada agradables -o sea, que empiece a apestar-, y pase a formar parte de la vecindad una, nada alegre, necrópolis; hay algunas cositas que quisiera se den o, por el contrario, que continúen como están, claro, si no fuere mucha molestia. Pero si, por cosas de la vida, o porque no les diera la gana, por falta de tiempo, porque se les olvidó, porque no era nadie para ustedes, o por cualquier otra excusa que tuviesen, no puedan cumplirlas, haré lo posible -aunque sé que es inviable- de convertirme en uno de esos espíritus, fantasmas, que tanto hablan los chamanes, para hacer que mis pedidos sean hechos a carta cabal. Si quieres que las cosas salgan bien, tienes que hacerlas tú mismo.

A ver, empecemos.


Aunque en vida me comporté como un cobarde, por mis constantes despliegues de un llorón apremiante, no quiero que ustedes, mis amigos, hagan lo mismo. Mamá, mami, por favor, trata de controlarte. Papá, sé que tú lo harás. Siempre te admiré por la gran templanza que mostrabas en las situaciones de carácter sentimental durante los años que estuviste conmigo. Prométeme que te mantendrás así. Hectitor, espero que te acuerdes de mí con una sonrisa, nunca con lágrimas; aunque yo muchas veces te las haya provocado. Perdón. A los demás -si los hubiese-, si fui malo con ustedes, tienen razones para llorar, porque ya no tendrán con quien vengarse; pero si no, rían. Estaré más que satisfecho si, hasta muerto, puedo arrancarles algunas risas si trastoco en su memoria.

¿Un velatorio? ¿Para qué? No quiero descomponerme ante la mirada de la gente. Tiene que ser una cuestión privada, íntima. ¿Quién invento eso? Evítense también de aventar miradas por la vitrinita del cajón para ver mi cara, no hay tanta diferencia con la que tenía de vivo; pero creo que el morbo de ver un cadáver es más fuerte que mi petición. No tienen porque perder su sueño; en vez de velarme, son ustedes los que se van a desvelar, y eso es malo para la salud, si lo sabré yo. Además, no deseo ser el pretexto para que se amanezcan libando -disculpas a los que sí les gusta -. Así que, en esa parte, conmigo de ‘pelaron’. No malgasten el dinero que les costó, sudor y dolores de espalda, ganar, ni mucho menos maltraten su cuerpo por causa mía.

En vida, me fue lamentable ver a las personas con la ‘costumbre’ de que, si te invitan a un compromiso, por ejemplo, un matrimonio, un vaciamiento de techo, velorio, o cualquier otra celebración, los invitados lleguen con cajas de cerveza a rastras, todos sonrientes y con la frase ‘mi cariño’. Vaya cariño que se tienen. Odié y odio la cerveza. No puedo permitir que esa bebida, que tantas desgracias trajo a mi casa, a mi familia, y seguramente a muchas más, me acompañe en mis últimos momentos sobre la superficie terrestre. No, jamás. Y, qué tal si en una de esas, así borrachos, se tropiezan con el ataúd y, ¡pum!, me voy al suelo. Qué roche. Quiero entrar en mi caja y de frente al hueco, ¿no se supone que debo descansar en paz?

Una vez salteado el inútil velorio -y por esta razón, seguro todos sobrios y descansados- dirijámonos al cementerio. La caminata se los dejo a su libre disposición, con tal que no sea petulante ni pomposa. Aquí debo agregar algo que siempre me fastidió bastante: una comparsa de músicos cerrando el corte funeral como si fuese una procesión santoral. Pero, creo que sería más práctico, y cómodo para todos, llevarme directamente al cementerio en alguna movilidad, para que ustedes no me exhiban por las calles.

Siempre me gustaron las flores, verlas, admirarlas; pero de nada le sirven a un muerto. Si no me las regalaron estando vivo, ya para qué. En eso sí, mi mamá se diferenció de los demás. Siempre para los cumpleaños, en el centro de la mesa, en el florero más grande, por el volumen del contenido, ponía un ramo de flores; se veían bien y adornaban el día: el mejor de los regalos. Por eso, a ella se las puedo recibir, salpicadas por los rocíos de sus ojos…

Palabras de los presentes - si los hay- sería muy interesante escuchar. Pero que sea breve, las moscas están que me rondan. Já, es ahí donde se mandan con sobonerías: ‘era así, era asá’, sólo las partes buenas. Bah, por favor, dejen la hipocresía a un lado, si quieren hablar de mí, hágalo a carta cabal, tal como fui, o como me dejé ver, con imparcialidad. Una verdad a medias es una mentira. Pueden decir, por ejemplo: ‘era bueno, pero también era una m…’. Cómo quisiera estar presente para aplaudir al franco que me diga mis verdades; aunque estando vivo hubiese sido mejor, ¿no?

Quiero echarme en la tierra, envolverme en cubiertas de polvo que me acompañe y abrigue. Sí, eso es lo que quiero. Pues, polvo eres y en polvo te convertirás. Estoy hecho de tierra y a ella quiero volver. Caven lo más profundo que puedan, ¡pero cuidado con que el pozo se llene de agua! Eso de estar cerca del lago va ser un problema. Mejor no tal hondo. No quiero estar archivado en un nicho de cemento, prefiero acostarme con los gusanos, en el suelo. Los gusanos sí que van estar de mala suerte porque con lo poco que va quedar de mí no tendrán para llenar el buche. Ah, no les dije, claro pues, para qué desperdiciar mis órganos en alimentar gusanos, pueden llevarse de mí lo que estimen necesario, siempre quedará algo que sirva, no creo que termine tal estropeado e inútil.



Todo lo que se iban a gastar en la borrachera del velorio y de las flores, pueden invertirlo en la lápida, en la cruz o lo que me coloquen en la cabecera, aunque prefiero lo primero. Que mi sepultura tenga una fachada sencilla pero bonita, con mi nombre grabado, bien clarito, para que los borrachos, en Todos los Santos, cuando vengan a visitar a mis vecinos, sepan a quién le están pisando u orinando.

Hablando de dicha fecha, de Todos los Santos, debo hacer hincapié en esta parte. Mis pas siempre me llevaban, cada dos de noviembre, al cementerio Central para visitar a las ‘almitas’ y rezarlas. En mi niñez hacía caso sin protestar, pero cuando crecí objeté el propósito de tal actividad. ¿Por qué? ¿A qué o quién se supone que debo orarle? Cómo pueden tenerle más confianza a una ‘almita’ que a Nuestro Señor. Se dan por depositar su fe en un ser humano cualquiera, ¡y encima muerto! No pues. Veremos si les hace caso. Pero la cosa no queda en solo dedicarles plegarias, sino también ofrendas. Encima de la tumba, despliegan panes, galletas, maná, caramelos, y platos de comida; cocinan lo que al fallecido le gustaba comer en vida, me dicen, y separan una gran porción, la mejor presa, en el plato más grande, para que el muerto deguste del agasajo. Pucha, qué desperdicio, disculpen la expresión pero, qué ignorancia. Claaro, tanto tiempo, solito en el camposanto, debió darle hambre, pobrecito; una gaseosita más, no, mejor una cervecita, ¡A tu salud, muertito!

Ni se les pase por la cabeza cometer esas torpezas conmigo. Los tengo advertidos. Nada de ‘ocho días’, misas, rezos, nada de nada. Cocínense para ustedes, disfruten de los panes que preparen, adornen sus mesas con las flores que compren, pidan a Dios por sus familias, por los que viven. Tampoco me pidan milagritos a mí, en ese estado no podré ser de mucha ayuda, ninguna ayuda.

Serán muy pocos, les aseguro, quiénes vengan a visitarme a ese lugar tal lejano. Pero no importa, no creo que me dé cuenta si vienen o no, ‘porque los muertos nada saben… Me quedaré hasta el final en la tierra donde nací, donde por primera vez mis ojos fueron iluminados por el prodigio de la vida, donde di mi primer chillido, en una parcela rodeada de árboles de eucaliptos, en las laderas de lomas generosas que oyeron mi llanto; al frente del Soasi, a orillas del Titicaca, en Conima, sí, allí. Por favor, déjenme dormir, esperar en ese pueblo. Se los agradecía bastante.

Les pareceré un engreído pero, como les dije, háganlo por alguito de respeto a mi memoria.
Gracias por escucharme. Se despide, muy respetuosamente de ustedes, su servidor, J. Bayardo Chata. Hasta pronto.


Noviembre del 2009.



Lp7

Imágenes: LOWON