
Dejad que lo niños se vengan a mí, y no se los impidan. Estas son las palabras que nuestro señor Jesucristo ofrece a los más pequeños como muestra de que, aun siendo menudos, somos muy importantes para Él y que forman parte de Su reino. Los niños, antes esta expresión, aceptan a Jesús en sus corazoncitos y se hacen su amigo. Porque el que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el me recibe a mí, recibe al que me envió. En las navidades recordamos cómo también Cristo fue un niño, uno como cualquiera, con la inocencia propia de esa edad, con la sonrisa pura que refleja la más inmaculada de las inocencias. Porque quien no es como un niño, no entrará en el reino de los cielos.
Pero, sus miradas cándidas, sus mundos infantiles fueron destruidas por la peor inmundicia que puede existir sobre la faz de la tierra. Un crimen atroz que el peor de las muertes no es suficiente castigo para aplacar tal agresión. Por más que el monstruo fuese quemado vivo, el agravio quedará perpetuamente.
Los enfermos sexuales están al acecho, camuflados de la manera más astuta para que cuando divisen a sus víctimas, de un momento a otro, se dejen llevar por sus demonios imperceptiblemente. Están disfrazados de todo, por ejemplo, pueden vestirse con hábitos, calzar enormes mitras sobre sus cabezas, llevar una cruz colgando de sus nucas, y pararse en un púlpito a repetir citas bíblicas que no practican porque son totalmente ajenas a ellos.
Sacerdotes perversos que sacian lo que sus retorcidas mentes logran concebir corrompiendo a menores que, abusando de su condición de ‘padrecitos’, da rienda suelta a la suciedad de su ser.
Donde se supone que uno va para buscar refugio, consuelo, ayuda espiritual, a Dios; se da con la sorpresa que el encargado no es más que un bastardo de Satán. ¿Que ya ni en las iglesias podemos estar a salvo? ¡Por Dios!, a dónde vamos a parar. Esta ‘casa de oración’ se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos para los niños, donde, sin exagerar porque es cierto, pueden salir ultrajados sexualmente.
Se podría decir que no son todos los curas; pero ¿qué espera la Iglesia Católica para sancionar drásticamente a esta gente?, -si es que aún se le puede llamar así-. Me pregunto: ¿Los han separado, siquiera, de sus cargos? El que se supone que es el ‘representante’ del Altísimo en la tierra ¿se ha pronunciado para condenar estos actos, para repudiar a los involucrados y solidarizarse con las víctimas colaborando con ellas en sus denuncias? No lo creo. Continúa sentado en su sillón, seguramente muy cómodo y con la panza llena; con su cetro de oro que le sirve para rascarse donde no alcanza, disfrutando de lo que le queda de vida de la manera más suntuosa que se pueda imaginar. Como no pasara nada, sigue amenazándonos con que el cuento que Dios nos va castigar si no obedecemos lo que la iglesia nos ordena que hagamos.
Y si eso no fuese suficiente, hay otras denuncias que señalan la existencia de una red de prostitución homosexual. Sí, allí, pues, en la misma ‘santa sede’. Qué escándalo.
Si fuese católico me estreñiría de vergüenza al saber que mi líder religioso da muestras de amparar delitos sexuales en agravio de niños. Es ahora cuando me conforto de no compartir sus mismos dogmas.
Y en nuestro medio, ¿qué dice la mayor autoridad del clero católico en el Perú, Juan Luis Cipriani, sobre estos temas? Pues, nada. Prefiere meterse en discusiones más interesantes para él. Claro, le gusta estar intercambiando palabras con funcionarios del gobierno sobre pastillas, incluir en sus sermones sobre cómo no dejarnos influir por gobiernos extranjeros, defendiendo las cuotas que le corresponde por parte del Estado, o criticando los candidatos que cuestionan su autoridad. Tiene temas más importantes por los cuales luchar, claaaro, defendiendo siempre los intereses de sus feligreses. Todo en nombre de Dios. Sí, como no.
A dónde iremos a parar…
Nota: Solo me queda pedir, que no los dejes caer en tentación (a los curas violadores), y nos libre de todo mal (en especial de los que visten sotana). Amén.
Atte.:J.Bayardo Chata Pacoricona.
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