Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaria escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo. SALVADOR ELIZONDO, El Grafógrafo.

domingo, 3 de abril de 2011

Abre tu regalo.

–Oye...

–¿Mmm? Sin levantar la vista, concentrado en mi lectura.

–Tu regalo…

Si buscare en el diccionario, no podría encontrar la palabra de definiera con exactitud el manojo de sensaciones que me asaltaron en ese momento: ¿Vértigo, adrenalina, miedo, morbo? Una combinación de todas ellas, creo. Bueno, no importa; la cuestión es que no hallé reacción. No podía creer que estaba presenciando tal espectáculo. ¿Sentir? A la mierda con sentir, lo que importaba era ver y continuar viendo.

Me sonreía con una coquetería fascinante: la esencia misma de la seducción estaba pintada en sus labios. Mis ojos se movían de arriba abajo, subían y bajaban a un ritmo discontinuo: a ratos era desenfrenado y a otros la examinaba detenidamente. Quería tomar una fotografía, grabar con mi vista cada segundo; plasmar este momento en alguna página de mi cerebro. Quería que este recuerdo permaneciera para siempre en mi cabeza, protegerlo y poder evocarlo siempre, para toda mi vida, aún cuando no haya nada en el mundo que se pueda recordar. Así ha de ser.

–¿Te gusto?, preguntó mientras sus manos resbalaban por los bordes de su cuerpo. Su gloriosa anatomía que se exponía libre, soberana, emancipada y desnuda frente a mí. Seguramente, si abría la boca, la saliva se me desbordaría torpemente. La expresión que contenía mi cara supo translucir mi respuesta. Sonrió, nuevamente, complacida. La deliciosa aventura, de la cual era parte, comenzó.

Arrancó por el cuello: se acariciaba los costados mientras lo contorsionaba; su larga caballera se meneaba, de un lado al otro. Sus manitas atrevidas, siempre abiertas, procedieron un poco más abajo, con una calma afrodisiaca, corriendo juntas. Primero, sólo la derecha, luego la izquierda, ahora, con sendas manos, se masajeaba pausadamente ambos pechos. El movimiento circular componía un remolino, uno tan intenso que pareciese no dar muestras de tener fin: una eterna espiral que me arrastraba a lo más hondo del placer. Así estuvo por un prolongado lapso. Se ocupó en acariciarlas, presionarlas, pellizcar sus vértices; jugaba con ellos, con esos botoncitos, por los que moriría mil veces, sin pensarlo.

Mientras proseguía, su mirada no se apartaba de mí. Esos ojos melosos se asomaban tras los somnolientos parpados, medios entrecerrados. Iba lamiendo y mordiéndose los labios; y, con paciencia, las palmas continuaban con su descenso magistral. Se cogió por la cintura y se inclinó hacia un lado, se recogió tras la oreja un travieso mechón que caía por la cara. Con cada caricia, alternaba entre verse a sí misma y la reacción que producía en mí. Los globos oculares me iban a reventar de excitación. Sonrió, una vez más.

Su piel trigueña era tersa y ligera. Pareciera que fue exceptuada a las imperfecciones que la naturaleza trae consigo. Como si los defectos se rindieran ante el porte paradisíaco de su belleza, débiles de menoscabar lo que Dios había ordenado que fuese dotado de singular morbidez y perpetua hermosura.

Jugueteaba con su pelo, lo enredaba y desenreda en su índice, repetidas veces. La sagacidad de sus gestos, cada vez más obscenos, hervían las ansias. La sangre galopaba a mil por hora por mis vasos sanguíneos, intentando cubrir las necesidades, trasportando la mayor cantidad de oxígeno al cerebro para evitar su colapso. El corazón no podría resistir tanta presión, se revolvía en medio de una histérica taquicardia. Sospechaba que mis costillas no tardarían en fracturarse en cualquier momento de tanto empujón.

Un hedonismo profundo me arrullaba y me incitaba a dejarme llevar por las rutas de un placer puro y celestial, libre de la malicia de lo impúdico y de las hipócritas miradas de una falsa moral. Fue cuando, en un lapsus de conciencia, recordé las palabras que don Rigoberto dedicaba a su amada Lucrecia cuando se disponían a amarse en la intimidad de su lecho matrimonial: Lo lento, lo formal, lo ritual, lo teatral, eso es lo erótico. La precipitación nos acerca al animal. Es cierto, maestro.

Mi musa avanzó un par de pasos. Sus piernas eran perfectas, firmes, coloreadas de un suave canela. Finos vellitos se asomaban, casi invisibles, invitándome a contarlos todos y darme a conocer el nivel de sensibilidad que poseían frente a mis discretas caricias. Sus muslos, sus rodillas y pantorrillas, todo me encantaba. Las flexionaba y desplegaba, las movía al ritmo de poesías y canciones, de versos sinceros cargados de emociones y sentimientos; de pasiones que el bardo, en momentos de locura, los libera y escribe, y las dedica a imágenes borrosas y confusas que, como ella, se desvisten sin temor.

El ambiente acabó empañado por el erotismo que embargaba el aire. Reparábamos en gozo. Me limité a respirar la voluptuosidad que emanaba su sexo, a embriagarme con el néctar que secretaba sus poros, a confundirme con feromonas contenidas en su pubis y en sus axilas. En esa habitación, ambos quedamos apartados del resto. Y qué más daba. Las necesidades terrestres resultaban complacidas por la gracia de sus vaivenes y los favores de sus erguidos pezones.

Continuaba su baile. Eros y Tánatos gobernaban mis impulsos. El mecer de un cielo corpóreo extasiaba mis sentidos, me sofocaba; libraba una libido que, expresada en sudor, me bañaba el rostro, el pecho, las manos, las entrepiernas. Rogaba, en silencio, que no se detuviera, que durara toda la vida: por favor, no pares, te lo suplico. La muerte era bienvenida con los brazos y –por supuesto– las piernas abiertas. Supe, en ese momento, que había cumplido con la misión terrenal encomendada a mí. Señor, puedes llevarme cuando quieras, no tengo más que hacer en esta vida; sólo agradecerte por haber hecho que estas fechas sean posibles, y por la tradición que ellos conllevan.

Me empujó suavemente con su pierna. Me dejé caer dócilmente, no tenía las fuerzas necesarias para resistirme, y tampoco quería hacerlo. Estaba a su merced, me puse yo a su merced. El don de su karma me iluminaría, me vestiría, para suerte mía y la de mi salvación. Como serpenteando, fue aproximándose a mí. Su respiración se hacía más fuerte conforme se acercaba. Las aletas de su nariz palpitaban enérgicas, creando un difícil tráfico en el fluido del aire, y cuyos gemidos tronaban mis nervios.

Me cubrí con ella, nos envolvimos el uno con el otro. Nuestros alientos se confundieron entre sí formando pequeños remolinos que compactaban una dinámica violenta. Las exhalaciones que expedía sus fosas nasales eran captadas por las mías; nos proveíamos recíprocamente de oxígeno, uno alimentaba al otro, evitando, así, que muramos sofocados en medio de una espesa lujuria. Formamos una sola idea, un pensamiento, un cuerpo; nos fuimos absorbiendo mutuamente.

Dimos un giro. Ahora la sometí bajo mi cuerpo. Era mía, sólo mía, me pertenecía; era su dueño, su dios y su siervo. Luego, despacio, sin su permiso, como un ladrón, entré en su cuerpo, lentamente, y me quedé en él. Me esperaba, me dio la bienvenida. Cerró sus puertas tras de mí, permanecimos unidos, moviéndonos al compás de los rechinidos que dejaba ir aquella cama que nos guardaba. Como tenazas, me aprisionaron sus piernas; no me dejes, parecían decir, quédate para siempre. No la dejaría. Seguía balanceándome sobre ella. Sus gemidos taladraban mis huesos encrespándome hasta el tuétano.

Íbamos muriendo, cada vez más rápido; muriendo, más y más rápido. El malicioso clímax se avecinaba. Nos pisaba los talones, corría presto a cogernos y lapidarnos al epílogo de nuestro encuentro carnal, cuando hayamos explosionado y exhalado el último sorbo de vida que nos quedase, diluyéndonos por entre las sábanas, desapareciéndonos en la nada… Morimos juntos.

. . .

Los ecos lejanos de las campanas penetraron lerdamente en la habitación, volviéndonos en sí. Nos daba cuenta de la hora. La veraniega madrugada del veinte de marzo se desplegaba bostezando perezosamente, soñolienta, ignorante de lo que había acontecido mientras ella dormitaba, del viaje que habíamos emprendido a sus espaldas, camuflados bajo la complicidad de la noche.

Mientras delimitaba el extremo de lo ocurrido, de en medio del vacío, su susurro, igual de rijoso que siempre, se deslizó tibio por mi oído, regalándome aquellas palabras que, hasta ahora, vagabundea faustamente por mi memoria:

–Feliz cumpleaños...


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Imágenes: LOWON

jueves, 24 de marzo de 2011

La cagaste.

Putamare, qué hiciste, pedazo de bestia. No, no, no. Ahora sí que te me caíste. Estabas borracho, seguro, porque no me explico cómo mierda pudo habérsete ocurrido tal cosa. Dime que estabas borracho, que te encontrabas fuera de ti. Por lo menos di algo, levanta la cara, carajo. Mírame cuando te hable. ¿Acaso no tienes orgullo? ¿No sabes valorarte? Esta burrada que acabas de cometer, es una bajeza. Te humillaste como un mugroso perro, sarnoso encima; te degradaste al grado que jamás hubiese imaginado que llegaras. Le besaste los pies, prácticamente, ¿estás orgulloso de eso? Y veo que me engañaste, todavía. Solo a bailar un rato, algunas horitas de diversión. Ya, que vaya un toque, dije, para que se distraiga y deje por un momento de perder el tiempo con esos libros que te tienen medio tarado, ¿para qué?, para que me salgas con este cuento. Te fregaste tu solito, huevón, es lo que no sabes. Pero ya vas a ver, mañana en clase, vas a ser el hazmerreir de todos, yo sé lo que te digo. A los cojudos como tú no les queda más que andar con la cabeza gacha, mientras los demás se llenan la boca de chismes, comentarios, burlas. Pero lo más triste va ser cuando te la topes. Ahí te quiero ver, pues. Cómo vas a reaccionar, ¿vas a estar feliz? No creo. Se te va caer la cara de vergüenza. Acaso no pensaste en eso, acaso creíste que todo es cosa de hablarle y ya. ¡Carajo, no! Ah, no sé realmente, me da ganas de… molerte a patadas, ahora mismo. Me decepcionas. Dónde quedaron nuestras pláticas, acaso me hiciste hablar por las puras. Te explique que estas vainas se tratan con guantes y pinzas, y que nunca te dejaras llevar por el animal que llevas dentro. ¿No me escuchaste todo eso? Entonces, qué mierda te pasó.

Se suponía que éramos uno solo. Una simbiosis perfecta e inalterable. Me fallaste, me diste la espalda, me escupiste en la cara; eso se llama traición, eres un traidor de porquería. Me cambiaste por una cualquiera, que quién sabe si no será una puta de esas. Y ni siquiera te respondió. ¡Ja! Me das lástima, ciertamente. Ya te estoy viendo comprando tu campeón y luego botando espuma, tirado en el suelo, retorciéndote con una sabandija. Nos mataste. Carajo.

Bueno, allá tú, te diste el lujo de comportarte como un rastrero y ahora pagarás las consecuencias de tus actos. Pero no digas que no te advertí. Si la preferiste a ella que a tu pata, no hay nada que pueda hacer, excepto desearte lo peor. Cosa que estoy seguro que te espera. Y si te veo por ahí, solo y zarrapastroso, no te preocupes, que procuraré pasar encima tuyo, y si me da ganas, me mearé además, para que te haga fresco, con tanto calor. Hasta nunca. ¡Declararse! Por Dios. La cagaste, hijo mío, la cagaste…


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Imagen: LOWON

viernes, 18 de marzo de 2011

Recuerdas, niño.



(Dedicada al niño que escribió esto.)


¿Te acuerdas, niño?



Siento el miedo en mi lecho,

serpenteando por debajo de las sábanas.

Siento el pavor de los recuerdos

que cuartea mi pecho cual espadas.

Siento el humo del pasado

nublándome los ojos con mil lágrimas.

Siento la risa de mi llanto

rasguñando las cortinas de la calma.


¿Acaso serás cobarde, Niño?


Muérdete los ojos para no llorar.

Cómete el lamento que hace sufrir.

Divorcia tus memorias de la realidad.

Ódiate a ti mismo para sobrevivir.


¿Será que la vida te detesta?

Puede que sí.

¿Será que tu vida se suicida?

Por qué no.


No recuerdes, Niño.



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Imagen: LOWON

viernes, 4 de marzo de 2011

Vaya mujer...


Nunca creí que una mujer me impresionara de tal manera; y que me perdone mi madre, pero es verdad. Fue por parte de un señor que por primera vez escuché sobre ella.

Me senté en una de las bancas, con periódico en mano, a descansar del trajín de un día monótono y aburrido. Así estuve por varios minutos, y, de improviso, habló: Vaya mujer… Más que sólo palabras, sus expresar conformaban un fiel suspiro. Miré de reojo. Alguien ocupaba el lugar de a lado; debiera ya estar antes, o quizá llegó después que yo, lo ignoro. Supuse que pensaba en voz alta. Era un hombre que ya peinaba canas –si es que se peinaba, porque tenía una muy rala cabellera–, los ojos fijos en la calzada del frente, sin parpadear; la boca ligeramente abierta. Parecía querer quedarse así por horas hasta que cruzó los brazos y los descansó en su pecho. Sus pequeños ojos, tenues y cansados, seguían enfocados hacia la nada, mientras una sonrisa poco a poco se ensanchaba en sus arrugados labios. ¿Quieres que te hable de ella? Sin avisar, se viró de improviso. Me tomó por sorpresa. S-s-sí, claro, contesté. Respirando profundamente, comenzó:

Es una mujer espigada y sin edad, de presión dura, de piel lisa y tirante, huesos firmes y ademanes enérgicos, que mira a la gente sin pestañear. Tiene una melenita de cabellos oscuros, sujeta con una cinta, y una boca fría de labios delgados, que habla poco y sonríe rara vez. Viste blusa de mangas cortas y unas faldas tan exentas de coquetería, tan anodinas, que parecen uniforme de colegio de monjas. Está a veces descalza y, a veces, con unas sandalias sin tacos. Es una mujer eficiente; administra el local con mano de hierro y sabe hacerse respetar. Su físico, su severidad, su laconismo, intimidan; es raro que los borrachos se propasarse con ella. No acepta confianzas ni galanterías; no se le conoce novio, amante, ni amistades. Parece decidida a vivir siempre sola, dedicada en cuerpo y alma a su negocio. Si se exceptúa la brevísima historia con Meche –bastante confusa para los clientes, por lo demás– no se sabe de nada ni de nadie que haya alterado su rutina.

No es una mujer a la que se le pueda arrancar un dialogo- continuaba-; contesta con monosílabos o con movimientos de cabeza, y, si la pregunta es una broma, su respuesta suele ser una lisura o una mentada de madre. “La Chunguita”, dicen los piuranos, “no aguanta pulgas”[1].

Al terminar su descripción, un amplio silencio se cernió sobre ambos. No sabía exactamente en lo que pensaba, si es que podía pensar algo; estaba confuso, contrariado. En la vida podría imaginar que existía un ser de tal naturaleza, una mujer así. Traté de reunir todo lo dicho por el anciano para recrear su figura en mi mente. No pude. Su rostro se disipaba en una oscuridad, hacía esfuerzos para concentrarme pero era imposible. Al final dejé de intentarlo. Su personalidad era lo más intrigante. Vaya mujer…

Creo que la razón se me va escurrir por la ojeras si no la tengo conmigo. ¿Qué me pasa? Acaso será… puede ser: es algo más que un simple gusto. Es que es tan compleja, tan misteriosa, tan perfecta, tan… tan ella.

Aún recuerdo, palabra por palabra, todo lo mencionado por el sexagenario; está grabado en mi cerebro, con esa tinta para marcar discos. Cuando la busco en mi mente hace que me pierda, que se desfallezcan mis miembros, una parálisis total. Así pasa siempre, como ahora. Hace un momento se presentó nuevamente ante mí su imagen, y, otra vez, sin rostro.

Una tarde, como una chispa, surgió la idea: debía encontrarla, y tenerla. Indagué por muchos sitos, apoyándome sólo en lo poco que sabía de ella. Nadie me daba razón. A pesar de ello, mis esperanzas persistían con firmeza. No debía darme por vencido. Cansado y sin ninguna pista que me llevase a algún lado, empecé a decirme que esta loca empresa debía concluir. Pero a finales, la hallé.

Mientras revisaba entre los escaparates de la tienda, la reconocí. Debía de ser ella. Sí, no hay duda. Estaba a cierta distancia de mí, casi al final de la vitrina de la izquierda, entre Romeo y Julieta y La Vida es Sueño. Pagué por ella y me la llevé a casa.

Desde entonces, cada noche, compartimos almohadas. Se convirtió en mi amante noctámbula. Y, lo peor es que, a pesar que duerme conmigo, sigo sin verle el rostro. Me tiene fuera de mí. Nunca pensé que me enamoraría de una que no existe. Vaya mujer…



[1] La Chunga, Mario Vargas Llosa, Santillana Ediciones Generales, Madrid - 2005.



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Imagen: LOWON

miércoles, 2 de febrero de 2011

Musa.


(Dedicada a la que deambula en mi cabeza, del alba al crepúsculo, del ocaso al amanecer. Para ti, mi 'niña mala'.)


Quiero saber lo que distingues cuando los luceros se apagan,
lo que construyes en la mente mientras el mundo se calla.
Dime que guardas en tras el par de cortinas
que envuelven los caramelos con los que me miras.


Devela el invisible lienzo que cubre la llama
que flamea intensa en cuanto cunde la calma.
Busco sonsacar como quiera una palabra,
alguna sonrisa que delate el sentido más profundo;
en un descuido, el sentimiento empotrado en lo oscuro.


Cuando las tinieblas ahuyentan el calor de las luces,
Cuando dejas volar el alma y por en medio del cielo te conduces.
Cuando fuerzas en cerrar vitrinas negándome la entrada.
Vamos, cuéntame tus sueños antes que despierte mañana.



II

Habitas mi cuerpo y te siento ajena.
Mis manos confusas se abrazan entre sí.
Saber que tus olas esquivan mis arenas;
la marea me ahoga en un salado frenesí.

Hurgas mis cuencas en pos de lágrimas,
trabuscas el aire persiguiendo respiros,
recorres largos tramos buscando pistas
para afirmarte soberana de mis desvaríos.



III

Dejé en tu ventana las flores que corte por la mañana,
están envueltas con una fresca capa de rocío.
en una nota expuse la esperanza que en ellas dormía.
Y al aspirar sus aromas, absorbieras también mi vida.



IV

Dispuse cuanto pude a tu favor,
Hice lo prohibido por conocer el amor,
Reduje los tonos que componen mi color,
declarándote mi única fuente de calor.



V

Quiero soñar que duermes a mi lado,
que reposan en mi pecho tus cabellos alados.
Me dibujo a mí mismo, lentamente, acariciándote;
Surcando mis dedos de polo a polo, de sur a norte.


Como el más avaro de tus secretos,
o el más húmedo de tus llantos;
como el más tímido de tus miedos.
Así quiero ser en tu vida,
Sólo un simple pensamiento.



VI

Nos encontraremos en el lugar de siempre:
Bajo el cielo dispar de diciembre,
entre lo sensato y lo incoherente,
levitando espontáneos e inconscientes.


Te veré esta noche, así como ayer,
con el vestido azul con el te inventé,
tus hombros desnudos que sonríen sin querer,
invitando a sus fieles el volver a nacer.


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Imagen: LOWON

miércoles, 26 de enero de 2011

Papi y Mami.


Recibí una doble educación, una formación dual; paralela, y contrarias entre sí.

Por una parte estuvo la señora, que con contrastes morales-religiosos, me impartía los correctos modales y las buenas formas sociales. La higiene personal, ante todo, era la base. Tener siempre las orejas limpias, los zapatos lustrosos, las uñas pulcras y cortaditas, el pelo brillante y peinado adecuadamente, con la línea bien marcada de costado. Tenía mis camisas bien planchadas esperándome cada mañana para ponérmelas, junto a los pantalones. Se me estaba prohibido el usar polos y buzos.

En la mesa debía comportarme como se me exigía; “correctamente”, me repetía la doña. Los pies bien puestos en el suelo, y rígidos. A veces, de improviso, me llegaba una palmada en la nuca; después de un rato de preguntarme qué había cometido, noté que mis pies se balanceaban bajo la mesa, sin que me diera cuenta. Los codos fuera de la mesa, agradecer al recibir el plato y al entregarlo, masticar con la boca cerrada y en silencio, y nunca, –!NUNCA!– dejar el plato vacío sobre la mesa, se tiene que recoger junto con los que se haya derramado sobre la mesa y dejarlo en el lavabo, porque de otra forma, sin duda, ameritaría otro sopapo bien dado. Dar las gracias –en el orden de acuerdo a la jerarquía de los comensales–, arrimar la silla a su sitio, por debajo de la mesa, y te retirarse en silencio, pero no a descansar, tengo que esperar a que los demás hayan terminado para recoger la mesa.

Los valores conformaban la segunda parte de la instrucción maternal. “Sé siempre amable y respetuoso con los demás, hijo”. Me inculcó el actuar con prudencia, honestidad, honradez y solidaridad, en todo lo que hiciese. Tuvo especial hincapié en la modestia y la gratitud. “Que no se te meta en la cabeza la suciedad de sentirte más que los que te rodean. Cuando sepas que sobresaliste, quédate con esa satisfacción para ti solo. No des la bienvenida a la arrogancia, hijo. Y da gracias al Señor por los logros que te permite alcanzar. Da siempre las gracias por todas las cosas que tienes, al levantarte, cuando tengas un plato de comida frente a ti, al acostarte. Agradece, hijo”.

El señor de la casa estaba del otro lado del tablero. Era un completo ajeno a las cuestiones de etiqueta. Se sentaba en la mesa y comía como se le venía en gana, o como él lo llama: “comer cómodamente”. Se sentaba a la mesa a degustar de su plato, acompañando su faena con ruidos toda clase, y dejando ver a los demás presentes el menudo espectáculo que se producía al interior de sus fauces. El cuchillo no existe, prescinde totalmente de él; aplicando, muy por el contrario, el uso de las manos para hacerle frente a la porción de carne que corona su plato, el cual mordisqueaba y relamía hasta no dejar rastro de comida, empeñándose en que solamente quedasen los pocos restos óseos. Además, desconoce, también, la existencia de las servilletas y la función que representan. “No sabes si ésta será tu última comida, así es que no hay desperdiciarla, por ningún motivo. Algún día no vas a tener a tu mami para que te sirva la comida; y qué vas a hacer entonces, ahí no vas estar con tus gustitos. La gente, si es que se apiada de ti, te alcanzará un plato, y, así no sea de tu agrado, tienes que comértelo, y dar las gracias por eso.

En ratos de conversa, se dirigía a mí siempre con un acento severo y reprimente, como regañándome. Los consejeros, que quizá trata de darme de buena manera, sonaban más a órdenes y hasta amenazas. Con los años aprendí a asimilar su trato verbal. “Nunca dejes que te superen. Sé siempre el mejor, en tu clase, en la calle, donde te encuentres. La vida es una competencia constante, todos los días. El mundo es solo de los mejores. No importa si para ganar tengas que pisar cabezas, la cuestión es alcanzar la cima. No te rías, es así. ¿Acaso quieres ser del montón? Tienes que hacerte notar.”

Tienes que saber algo de jerga también, el leguaje de la gente de a pie. Mucha literatura, creo. A ver, ¿sabes jugar pinball? Toma, –me estregó unas monedas–, veremos que puedes hacer. Pero no le digas a tu mamá, ya sabes lo que piensa de esto”.

Mientras mi mamá le llevaba de la mano, mi padre me arrojaba a la pista. Se puede decir que entre tanta contradicción no es fácil hallar un equilibrio en ambos.



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Imagen: LOWON