
Nunca creí que una mujer me impresionara de tal manera; y que me perdone mi madre, pero es verdad. Fue por parte de un señor que por primera vez escuché sobre ella.
Me senté en una de las bancas, con periódico en mano, a descansar del trajín de un día monótono y aburrido. Así estuve por varios minutos, y, de improviso, habló: Vaya mujer… Más que sólo palabras, sus expresar conformaban un fiel suspiro. Miré de reojo. Alguien ocupaba el lugar de a lado; debiera ya estar antes, o quizá llegó después que yo, lo ignoro. Supuse que pensaba en voz alta. Era un hombre que ya peinaba canas –si es que se peinaba, porque tenía una muy rala cabellera–, los ojos fijos en la calzada del frente, sin parpadear; la boca ligeramente abierta. Parecía querer quedarse así por horas hasta que cruzó los brazos y los descansó en su pecho. Sus pequeños ojos, tenues y cansados, seguían enfocados hacia la nada, mientras una sonrisa poco a poco se ensanchaba en sus arrugados labios. ¿Quieres que te hable de ella? Sin avisar, se viró de improviso. Me tomó por sorpresa. S-s-sí, claro, contesté. Respirando profundamente, comenzó:
Es una mujer espigada y sin edad, de presión dura, de piel lisa y tirante, huesos firmes y ademanes enérgicos, que mira a la gente sin pestañear. Tiene una melenita de cabellos oscuros, sujeta con una cinta, y una boca fría de labios delgados, que habla poco y sonríe rara vez. Viste blusa de mangas cortas y unas faldas tan exentas de coquetería, tan anodinas, que parecen uniforme de colegio de monjas. Está a veces descalza y, a veces, con unas sandalias sin tacos. Es una mujer eficiente; administra el local con mano de hierro y sabe hacerse respetar. Su físico, su severidad, su laconismo, intimidan; es raro que los borrachos se propasarse con ella. No acepta confianzas ni galanterías; no se le conoce novio, amante, ni amistades. Parece decidida a vivir siempre sola, dedicada en cuerpo y alma a su negocio. Si se exceptúa la brevísima historia con Meche –bastante confusa para los clientes, por lo demás– no se sabe de nada ni de nadie que haya alterado su rutina.
No es una mujer a la que se le pueda arrancar un dialogo- continuaba-; contesta con monosílabos o con movimientos de cabeza, y, si la pregunta es una broma, su respuesta suele ser una lisura o una mentada de madre. “La Chunguita”, dicen los piuranos, “no aguanta pulgas”[1].
Al terminar su descripción, un amplio silencio se cernió sobre ambos. No sabía exactamente en lo que pensaba, si es que podía pensar algo; estaba confuso, contrariado. En la vida podría imaginar que existía un ser de tal naturaleza, una mujer así. Traté de reunir todo lo dicho por el anciano para recrear su figura en mi mente. No pude. Su rostro se disipaba en una oscuridad, hacía esfuerzos para concentrarme pero era imposible. Al final dejé de intentarlo. Su personalidad era lo más intrigante. Vaya mujer…
Creo que la razón se me va escurrir por la ojeras si no la tengo conmigo. ¿Qué me pasa? Acaso será… puede ser: es algo más que un simple gusto. Es que es tan compleja, tan misteriosa, tan perfecta, tan… tan ella.
Aún recuerdo, palabra por palabra, todo lo mencionado por el sexagenario; está grabado en mi cerebro, con esa tinta para marcar discos. Cuando la busco en mi mente hace que me pierda, que se desfallezcan mis miembros, una parálisis total. Así pasa siempre, como ahora. Hace un momento se presentó nuevamente ante mí su imagen, y, otra vez, sin rostro.
Una tarde, como una chispa, surgió la idea: debía encontrarla, y tenerla. Indagué por muchos sitos, apoyándome sólo en lo poco que sabía de ella. Nadie me daba razón. A pesar de ello, mis esperanzas persistían con firmeza. No debía darme por vencido. Cansado y sin ninguna pista que me llevase a algún lado, empecé a decirme que esta loca empresa debía concluir. Pero a finales, la hallé.
Mientras revisaba entre los escaparates de la tienda, la reconocí. Debía de ser ella. Sí, no hay duda. Estaba a cierta distancia de mí, casi al final de la vitrina de la izquierda, entre Romeo y Julieta y La Vida es Sueño. Pagué por ella y me la llevé a casa.
Desde entonces, cada noche, compartimos almohadas. Se convirtió en mi amante noctámbula. Y, lo peor es que, a pesar que duerme conmigo, sigo sin verle el rostro. Me tiene fuera de mí. Nunca pensé que me enamoraría de una que no existe. Vaya mujer…
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Imagen: LOWON
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