
Con el tiempo comprendí que los buenos nunca ganan. Y me parece bien. Los buenos no deben ganar.
Comprendí que la santurronería es castigada con el fracaso. Que quien desee disfrutar del éxito y gozar de sus dividendos, debe ser un total indiferente de la mansedumbre y la inocencia; porque cultivar estos dos conceptos no hacen más que llevar consigo unas esposas que engrilletan las piernas del que se enrumba en la búsqueda del delicioso placer de sentirse un ganador.
Comprendí que las buenas intenciones, el correcto proceder, la galantería, el detallismo y demás cursilerías constituyen formas vacías y inútiles, y que actuar de tal modo no hace más que reflejar un grado alarmante de imbecilidad en la persona.
Comprendí que soñar y albergar esperanza nubla una visión real y correcta del mundo que nos rodea. El sentimentalismo nos convierte en presa fácil a los acosos incesantes de la perversa irracionalidad. No hace débiles al momento de elegir acerca de uno mismo o los demás; enmohece la suspicacia y el instinto que nos advierte del peligro rondante.
Comprendí todo esto, pero demasiado tarde; después de que el destino hubo hecho mella de mí, después de que la vida me meara como reproche por mi ingenuidad –o, más claramente, cojudez–, después de que el espeso escupitajo del mundo me diera de lleno en la cara.
Comprendí que si quería ganar debía hacerlo de la única manera posible: siendo malo. Y es en lo que trabajo a diario. Voy tejiendo este oscuro manto en que me envuelvo más y más. Y me gusta, en verdad me gusta. No volveré a perder, no volverá a caer. Esta vez ganaré.
Imagen: LOWON.
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