Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaria escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo. SALVADOR ELIZONDO, El Grafógrafo.

miércoles, 26 de enero de 2011

Papi y Mami.


Recibí una doble educación, una formación dual; paralela, y contrarias entre sí.

Por una parte estuvo la señora, que con contrastes morales-religiosos, me impartía los correctos modales y las buenas formas sociales. La higiene personal, ante todo, era la base. Tener siempre las orejas limpias, los zapatos lustrosos, las uñas pulcras y cortaditas, el pelo brillante y peinado adecuadamente, con la línea bien marcada de costado. Tenía mis camisas bien planchadas esperándome cada mañana para ponérmelas, junto a los pantalones. Se me estaba prohibido el usar polos y buzos.

En la mesa debía comportarme como se me exigía; “correctamente”, me repetía la doña. Los pies bien puestos en el suelo, y rígidos. A veces, de improviso, me llegaba una palmada en la nuca; después de un rato de preguntarme qué había cometido, noté que mis pies se balanceaban bajo la mesa, sin que me diera cuenta. Los codos fuera de la mesa, agradecer al recibir el plato y al entregarlo, masticar con la boca cerrada y en silencio, y nunca, –!NUNCA!– dejar el plato vacío sobre la mesa, se tiene que recoger junto con los que se haya derramado sobre la mesa y dejarlo en el lavabo, porque de otra forma, sin duda, ameritaría otro sopapo bien dado. Dar las gracias –en el orden de acuerdo a la jerarquía de los comensales–, arrimar la silla a su sitio, por debajo de la mesa, y te retirarse en silencio, pero no a descansar, tengo que esperar a que los demás hayan terminado para recoger la mesa.

Los valores conformaban la segunda parte de la instrucción maternal. “Sé siempre amable y respetuoso con los demás, hijo”. Me inculcó el actuar con prudencia, honestidad, honradez y solidaridad, en todo lo que hiciese. Tuvo especial hincapié en la modestia y la gratitud. “Que no se te meta en la cabeza la suciedad de sentirte más que los que te rodean. Cuando sepas que sobresaliste, quédate con esa satisfacción para ti solo. No des la bienvenida a la arrogancia, hijo. Y da gracias al Señor por los logros que te permite alcanzar. Da siempre las gracias por todas las cosas que tienes, al levantarte, cuando tengas un plato de comida frente a ti, al acostarte. Agradece, hijo”.

El señor de la casa estaba del otro lado del tablero. Era un completo ajeno a las cuestiones de etiqueta. Se sentaba en la mesa y comía como se le venía en gana, o como él lo llama: “comer cómodamente”. Se sentaba a la mesa a degustar de su plato, acompañando su faena con ruidos toda clase, y dejando ver a los demás presentes el menudo espectáculo que se producía al interior de sus fauces. El cuchillo no existe, prescinde totalmente de él; aplicando, muy por el contrario, el uso de las manos para hacerle frente a la porción de carne que corona su plato, el cual mordisqueaba y relamía hasta no dejar rastro de comida, empeñándose en que solamente quedasen los pocos restos óseos. Además, desconoce, también, la existencia de las servilletas y la función que representan. “No sabes si ésta será tu última comida, así es que no hay desperdiciarla, por ningún motivo. Algún día no vas a tener a tu mami para que te sirva la comida; y qué vas a hacer entonces, ahí no vas estar con tus gustitos. La gente, si es que se apiada de ti, te alcanzará un plato, y, así no sea de tu agrado, tienes que comértelo, y dar las gracias por eso.

En ratos de conversa, se dirigía a mí siempre con un acento severo y reprimente, como regañándome. Los consejeros, que quizá trata de darme de buena manera, sonaban más a órdenes y hasta amenazas. Con los años aprendí a asimilar su trato verbal. “Nunca dejes que te superen. Sé siempre el mejor, en tu clase, en la calle, donde te encuentres. La vida es una competencia constante, todos los días. El mundo es solo de los mejores. No importa si para ganar tengas que pisar cabezas, la cuestión es alcanzar la cima. No te rías, es así. ¿Acaso quieres ser del montón? Tienes que hacerte notar.”

Tienes que saber algo de jerga también, el leguaje de la gente de a pie. Mucha literatura, creo. A ver, ¿sabes jugar pinball? Toma, –me estregó unas monedas–, veremos que puedes hacer. Pero no le digas a tu mamá, ya sabes lo que piensa de esto”.

Mientras mi mamá le llevaba de la mano, mi padre me arrojaba a la pista. Se puede decir que entre tanta contradicción no es fácil hallar un equilibrio en ambos.



7

Imagen: LOWON