
Voy a dejar de lado mi naturaleza machista, para exponer lo siguiente:
La que golpea con furia, reventándole la mitra a la contrincante que se ponga en su delante, dando las mejores muestras de la fuerza y coraje de su género; que no se aminala al encajar ganchos, zurdazos, y derechazos, con guantes que sólo podían ser calzados por varones; dejando bien en claro que, como campeona mundial, no es más parte del denominado ‘sexo débil’… es una mujer.
Señoritas que con grandes saltos y mates demoledores, hacen que volvamos a gritar: “punto para Perú”; logran que revivamos los laureles que en antaño solíamos conseguir… son mujeres.
La que con una tabla bajo sus pies, se desliza por el mar como si surcara los cielos; ligera y delicada como una pluma, va sorteando las más hostiles olas con la magistral destreza propia de ella. Que levanta trofeos cubriéndola por la bicolor, demostrándonos el producto de la disciplina y perseverancia… es una mujer.
Las que lograron ocupar una butaca en los estudios Kodak esperando levantar la dorada estatuilla, con la posibilidad de, por primera vez en nuestra historia, ponerle un chullo al Oscar… son mujeres.
El personaje de literatura favorito que me enamora cada vez que la veo entre página y página; la que me cautiva secretamente mientras la veo desfilar altanera por letras, con la agresividad de su hablar y lo tenue de su feminidad… es una mujer.
La voz periodística que sintonizo cada tarde en el dial, cuya inteligencia se puntualiza con las preguntas que formula; así también, con cada artículo que su agudo criterio se dispone a disparar… es una mujer.
La doctora que me regaña por lo infantil de mi comportamiento, que con sus discursos y gritos hace que la respete y se gane mi admiración, y con cada sermón aprendo la complejidad de la personalidad humana, haciéndome comprender la conducta de los demás y, por supuesto, la mía… es una mujer.
La persona que madruga para que, cuando despertemos, encontramos listo el desayuno calientito y delicioso, todas las mañanas, con la pizca justa de amor y condimentado con gusto y paciencia; la que cuando niños, mecidos en sus brazos, succionábamos de sus pechos la ternura y el cariño, el sosiego y placer de sentirnos seguros y queridos por alguien que, aparte de regalarnos la vida, nos ofrece su cobijo y su presencia para cuando nos sintamos abrumados por la soledad, la angustia y el dolor. La que cuando enfermos acude sin espera, presta a brindarnos lo mejor de ella, que con caricias y besos alivia nuestra aflicción y congoja… es una mujer.
Las que logran que cometamos locuras y desestabilizan nuestros cimientos con tan solo sonreír, nos eleva por encima de la imaginación invitándonos a pasarnos la vida contando las pestañas que coronan sus fascinantes ojos; que nos limitan a pensar que no hay más mundo que el suelo por dónde caminan, echando a los vientos esporas que nos embriaga dándonos certeza de la existencia de los ángeles… claro que sí, ¡son mujeres!
En su día, una loa para quienes conforman nuestro jardín: TODAS ELLAS.
Nota: El contenido de este documento quedará sin efecto en el transcurso de las siguientes 48 horas de su publicación. Gracias.
Imagen: LOWON
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